Historia de la Arquitectura

Comienzo del curso 2026-2027

  

Puede parecer obvio, pero el suelo que nos sostiene —el soporte bajo nuestros pies— a menudo pasa inadvertido para los ciudadanos, y ciertamente no por falta de importancia. Este año se conmemora el centenario de las obras de pavimentación realizadas en la Praza da Quintana —o, más concretamente, la «Quintana dos Mortos». El proyecto se firmó en octubre de 1925 y la construcción se llevó a cabo durante los dos años siguientes, mientras el arquitecto Constantino Candeira, en aquel momento arquitecto municipal de Santiago, avanzaba al tiempo en la reforma y fusión de la colindante Casa da Parra con la Casona de la Vía Sacra.

Cada uno de estos proyectos encerraba una oculta y profunda racionalidad, que subyacía tras un respeto formal hacia el carácter barroco del entorno urbano y arquitectónico en el que se integraban. El suelo de la Quintana es un ejercicio de diseño de altísima calidad en sus reglas geométricas que intenta armonizar el campo de trabajo de la plaza de manera anónima frente a cuatro alzados de máxima categoría patrimonial: el cierre de la cabecera de la catedral, la casa de la Conga, el frente oeste de San Paio de Antealtares y la escalinata basamento que contiene el alzado a la casa da Parra.

La dirección del enlosado se organizó diagonalmente a las referidas fachadas, de manera que la única regla de encuentro regular se produce con el forro barroco de la cabecera de la catedral iniciado por José de la Peña de Toro y rematado por Domingo de Andrade, arquitecto de la Berenguela, la casa de la Conga y de la Parra. Ese damero diagonal de cuadrados de 54cm de lado encerrado en cintas de 28cm de ancho, reequilibran y transicionan cualquier mirada, y desde cualquier ángulo, a cada uno de los excelentes alzados patrimoniales.

Esta composición tiene cercanas referencias a la proporción organizada de los enterramientos al interior de las iglesias, algo que muy seguramente estaba en la mirada de un arquitecto tan propositivo, dada la memoria del lugar de la Quintana, como antiguo cementerio urbano, Quintana de Mortos, hasta 1780.

La magnífica disposición es ordenada y pautada, algo inhabitual en los pavimentos históricos tradicionales, que en el resto de la ciudad siguen solo reglas constructivas y al servicio del desalojo del agua de escorrentía, pero casi nunca formales. Su diseño, un acierto atento a la globalidad de las fachadas del entorno que la convierten, como se suele decir, en una quinta fachada de esmerado cuidado.

El ejercicio compositivo podría haber acabado ahí, pero Candeira introduce un sutil rasgo superficial en las piedras cuadradas de este damero, en forma de nueva diagonal, que hace que si entornamos los ojos nuestra mirada descubra una nueva regla, esta vez sí, de frontalidad hacia las fachadas de la Conga y la Parra. Esta línea no es una junta sino una simple muesca que subvierte completamente el orden mayor de la estereotomía del conjunto.

Así que cuando volvamos a pasear nuestros pies por la Quintana sabremos que nuestra mirada, más allá de estar agarrada a la pisada, puede elegir variar y dialogar espacialmente de formas diversas con la espacialidad de una de las mejores escenas urbanas de Europa. El suelo de la Quintana necesita hoy de un registro y estudio atento que reconozca dentro de la historia sus valores propios de modernidad y de un mantenimiento y restauración adecuado a su categoría.

Candeira, arquitecto racionalista —al que Otero Pedrayo llamaba o «xardineiro das pedras»—, quien supo mantener y adaptar las nuevas ideas y formas de la modernidad a un contexto altamente exigente, es una figura todavía por rescatar. De la misma manera que debemos valorar adecuadamente cada vez que volvamos a posar nuestros pies y ojos en el pavimento de la Quintana, todavía el más moderno de Galicia 100 años más tarde.

 —Luis Gil: «El pavimento más moderno de Galicia cumple cien años» (El Correo Gallego, 5/9/2026)